viernes, 18 de noviembre de 2016

Trump eligió como director de la CIA a un conservador que investigó a Clinton

El gobierno de Donald Trump va tomando forma y espíritu: un espíritu deciddamente conservador. El presidente electo de EE.UU., anunció hoy tres importantes cargos de su futuro equipo, no exentos de polémicas por su pasado o perfil: el congresista Mike Pompeo como director de la CIA, el senador Jeff Sessions como fiscal general de Estados Unidos y titular del Departamento de Justicia y el general retirado Michael Flynn como principal asesor de seguridad nacional.

Pompeo, el hombre que dirigirá la agencia de inteligencia estadounidense, es un abogado de 52 años que destacó por sus ataques contra Hillary Clinton en la investigación del Congreso por el ataque de Bengasi, que en 2012 (cuanda ella era Secretaria de Estado) causó la muerte del embajador en Libia, Christopher Stevens. Llegó a la Cámara de Representantes en 2010 por el estado de Kansas, como parte del movimiento ultraconservador ‘Tea Party’.

Es uno de los principales críticos del acuerdo nuclear para que Irán no desarrolle armas atómicas, considerado por Barack Obama como uno de sus principales logros diplomáticos. Trump prometió desconocer el acuerdo, criticado por los conservadores, y con la designación de Pompeo parece que lo hará. "Estoy deseando revertir este desastroso acuerdo con el mayor patrocinador estatal del terrorismo del mundo", tuiteó el sábado, horas antes de que se hiciera el anuncio. "Será un brillante e implacable líder para nuestra comunidad de inteligencia a fin de garantizar la seguridad de los estadounidenses y de nuestros aliados", dijo sobre él Trump.


Los otros designados. El comunicado que da a conocer estos nombramientos destaca de Sessions su labor como fiscal del estado de Alabama y el papel que ha tenido como uno de los "asesores más confiables" en la campaña electoral que culminó el 8 de noviembre. Sin embargo, la próxima cabeza del Departamento de Justicia arrastra un pasado de polémicas por comentarios racistas y por el rechazo de los propios republicanos.

Un comité del Senado, controlado por los republicanos, rechazó en 1986 la propuesta que hizo entonces el presidente Ronald Reagan para designarlo magistrado de un tribunal federal. Los medios estadounidenses desempolvaron este viernes acusaciones que hizo a grupos de derechos civiles, llamándolos "antiestadounidenses" e "inspirados por el comunismo". En esa época, Sessions se disculpó sobre algunos de esos comentarios, y en 1997 fue elegido miembro del Senado por Alabama, un puesto que ha conservado hasta ahora y para el que fue reelegido en los últimos comicios.

El tercer designado es el general retirado Flynn, que sirvió 33 años en las Fuerzas Armadas y ha ocupado labores de inteligencia en la Junta de Jefes de Estado Mayor o en las tropas destacadas en Irak y Afganistán. Flynn ha destacado por sus críticas al aparato de inteligencia de Obama y, al igual que Trump, ha venido resaltando los peligros a los que se enfrenta Estados Unidos por el avance del extremismo radical. "Estamos en una guerra mundial, pero muy pocos estadounidenses lo reconocen, y todavía menos saben cómo ganarla", escribió en un libro que publicó este verano.

 "El miedo a los musulamos es racional", tuiteó Flynn en febrero de este año.



Sometidos a Trump. Los tres nombramientos fueron dados a conocer este  viernes por las mañana mediante un comunicado en la web del presidente electo. Tanto la designación de Pompeo como la de Sessions necesitan ser ratificadas por el Senado, controlado por los republicanos, pero Flynn no la requiere ya que asumirá las funciones de asesor presidencial en materia de seguridad nacional.

En contacto telefónico con la agencia EFE, dos portavoces del equipo de transición de Donald Trump fueron consultados sobre las ideas que tienen Pompeo o Flynn en algunos temas, incluida la tortura, pero restaron importancia a ese aspecto de los funcionarios elegidos. "Cualquier visión personal no importa mucho. Ellos están representando la visión del presidente", dijo uno de ellos, Sean Spicer.

Mike Pompeo se hizo conocido en la política estadounidense por investigar a Hillary Clinton por el caso Benghazi. Su comisión no llegó a presentar cargos contra la demócrata.

El exgeneral Flynn, aquí en campaña con Trump, es conocido por sus duras posiciones contra el islamismo.

Los 4 pilares que son la base para vivir sin depresión

"Dos semanas con tendencia al llanto, pérdida del interés en uno mismo, ideación suicida, el no disfrute de la vida e ideas catastróficas", son los síntomas que experimenta una persona con depresión, una enfermedad que afecta a un millón 700 mil peruanos.

De acuerdo al psiquiatra Hugo Lozada, exdirector nacional de Salud Mental del Ministerio de Salud (Minsa), se pueden reducir los riesgos a hacer cuadros depresivos si se logra un "equilibrio emocional" basado en cuatro pilares: la familia, la pareja, los amigos, el trabajo o estudio.

"Cada uno de estos factores aporta a la estabilidad hasta el 25 %. Para hablar de un riesgo depresivo esta sumatoria debe ser por debajo del 75 %. Si una persona perdió el trabajo, su pareja lo deja y no tiene familia ni amigos, aun teniendo una personalidad resistente, es altamente probable que desarrolle depresión", señala el especialista.

El tratamiento de la depresión tiene un abordaje farmacológico y psicoterapéutico.

Pero hay que tomar en cuenta que la depresión puede ocurrir a cualquier edad. En niños y ancianos se manifiesta con aislamiento e irritabilidad, mientras que en un adulto se expresa con la tendencia al llanto, pérdida del interés o problemas de sueño. 

Algunas personas hacen depresión crónica y toman medicación de por vida, explica Lozada. Precisamente este trastorno tiene un tratamiento farmacológico, pero también otro psicoterapéutico, que involucra a la familia del paciente, y busca reorientar el manejo de sus emociones y la forma en que afronta las vicisitudes de la vida.

Tenga en cuenta que existen factores predisponentes, como la condición genética (de nacimiento) o la personalidad (algunos resisten más ante consecutivos eventos duros), pero también el consumo de marihuana.

La depresión puede ocurrir a cualquier edad. En niños y ancianos se manifiesta con aislamiento e irritabilidad.


viernes, 4 de noviembre de 2016

La fascinante historia de por qué el norte queda arriba en los mapas


Trata de imaginar la Tierra vista desde el espacio. ¿Dónde quedaría la parte de arriba?

Si dices el Polo Norte, lo más probable es que coincidan muchas personas contigo. Sin embargo, pudieras estar equivocado.

La incómoda verdad es que a pesar de que todos nos imaginamos el mundo de esa manera, no hay razones para pensar que el techo del mundo es el norte.

La forma como quedó determinado de esa forma es una excitante mezcla de historia, astrofísica y psicología.
Y además, nos lleva a una conclusión importante: el concepto utilizado para diseñar los mapas tiene que ver con la manera como nos sentimos al respecto.

Navegación cerebral

Entender dónde estás ubicado en el mundo es una habilidad básica de supervivencia, lo cual explica por qué los humanos, como la mayoría de las especies, tienen áreas especializadas del cerebro con numerosas conexiones para crear un mapa cognoscitivo de lo que nos rodea.















Sin embargo, lo que hace únicos a los humanos, con la excepción de las abejas, es que nosotros tratamos de transmitir estos conocimientos del mundo a otros miembros de nuestra especie.

Esto es así desde hace mucho tiempo también en lo que se refiere a cartografía. La primera versión de un mapa fue descubierta en la pared de una cueva hace 14.000 años.

Mirando hacia el emperador

Dada esa larga trayectoria, es sorprendente pensar que fue solo hace pocos siglos que el norte comenzó a ser considerado como el tope del planeta.

De acuerdo con Jerry Brotton, un historiador de la Universidad Queen Mary en Londres especializado en mapas, "el norte fue rara vez colocado en el tope, por el simple hecho que de ahí es donde viene la oscuridad".


"El oeste tampoco fue una elección, porque por ahí desaparecía el sol".

Brotton dice que aun cuando ya tenían brújulas en esa época, no existe una razón sólida para que el norte esté en la parte de arriba de los mapas.

Las primeras brújulas hechas en China estaban diseñadas para apuntar hacia el sur, que entonces era considerado más deseable que el oscuro norte.

Pero en los mapas chinos el Emperador, quien vivía en el norte del país, siempre fue colocado en el tope de los mapas, con todos los demás súbditos mirando en dirección hacia él.

"En la cultura china el emperador mira hacia el sur, porque de ahí es donde viene el viento, por eso es una buena dirección. El norte no es muy bueno, pero te encuentras en una posición de subordinación hacia el emperador, así que tienes que mirarlo", explica Brotton.

Mapas religiosos

Dado que cada cultura tiene una idea muy clara de hacia dónde y hacia quién se debe mirar, no debería sorprendernos que haya poca consistencia en el diseño de los mapas.


Por ejemplo, en el antiguo Egipto el tope era colocado en el este, porque de ahí salía el sol.

Y las primeras versiones de los mapas islámicos le daban preponderancia al sur, porque la mayoría de las culturas musulmanas se encontraban al norte de la Meca, por lo que se imaginaban mirando hacia el sur.

Los mapas hechos por cristianos en la misma era (llamados mapamundis) situaron el este en el tope, apuntando hacia el Jardín del Edén, con Jerusalén en el centro.

Entonces, ¿cómo todos se pusieron de acuerdo y decidieron poner el norte como techo del mundo?

El norte de los exploradores

La razón por la cual el norte comenzó a ser la referencia tiene que ver con exploradores como
Cristóbal Colón y Fernando de Magallanes, quienes navegaban tomando como guía la Estrella del Norte.



No obstante, Brotton advierte que estos primeros exploradores no se imaginaban el mundo de esa manera.

"Cuando Colón describe el mundo, tenía como referencia el este en el tope".

Hay que recordar que en aquella época "nadie sabía qué estaba haciendo ni hacia dónde iban", insiste.
El mapa del mundo de Gerardus Mercator, de 1569, fue casi seguramente el momento cumbre cuando comenzaron a dibujarse los mapas con el norte arriba.

Mercator fue el primero en utilizar la palabra "atlas" y su mapa fue ampliamente reconocido como el primero en tomar en cuenta la curvatura de la Tierra, de manera que los marinos pudieran cruzar largas distancias sin equivocarse al definir el curso.

Pero incluso en ese caso el norte no tuvo mucho que ver con esa decisión.

"Mercator proyectó los polos hacia el infinito. Según su descripción, ese detalle no importaba porque en esa época no estaban interesados en navegar hacia ellos. El norte quedó arriba, pero a nadie quería ir hacia allá".

Con todo y eso, pudo haber puesto el sur arriba.


A lo mejor la decisión fue más simple porque los europeos eran quienes estaban haciendo la mayor parte de las exploraciones del mundo.

Cualquiera haya sido la razón, la idea de colocar el norte en la parte de arriba tuvo buena acogida.

Una mirada desde el espacio

La tendencia de tener al norte arriba se ha profundizado con el transcurrir del tiempo.

Para muestra está la famosa foto tomada por un astronauta de la NASA en 1973, donde se observa la Tierra con el sur arriba, debido a que fue tomada mientras se realiza una vuelta alrededor del planeta.

La NASA decidió voltearla para evitar confundir a la gente.


Sin embargo, cuando comienzas a mirar a la Tierra desde el espacio te das cuenta que la idea de colocar un punto específico como tope carece de todo sentido.

Es cierto que, tal como aprendimos en la escuela, la Tierra se alinea en el mismo plano con los otros planetas del sistema solar, porque todos conforman la misma nube de polvo que gira al mismo tiempo.

También es verdad que esa fotografía ha podido mostrar el Sol arriba o abajo, dependiendo del lugar en el espacio desde el cual se tomó la imagen.

Comparado con la Vía Láctea, nuestro sistema solar esta desbalanceado unos 63 grados.

No obstante, mientras los astrónomos han descubierto que las estrellas y los planetas se alinean con sus vecinos de una forma similar a lo largo del espacio, Daniel Mortlock, astrofísico del Colegio Imperial de Londres, señala que esto es verdad en una escala muy pequeña comparada con la vastedad del universo.













"Hasta donde los astrónomos sabemos, realmente no existe un 'arriba' o 'abajo' en el espacio", advierte.

Así que la respuesta a la pregunta sobre cuál es la parte de arriba de la Tierra es muy sencilla: en ningún lado en particular, y solo la superioridad cultural en la historia ha establecido que el norte es el techo del planeta.

En consecuencia, ¿es hora de comenzar a tomar en consideración otros puntos de referencia?

El norte es "bueno"

Para los psicólogos hay evidencia de que la cultura del norte como techo del mundopuede estar contaminando la forma como percibimos qué es valioso en el planeta.

Una clara referencia en psicología indica que muchas personas piensan que el norte se asocia con sentirse bien o dinámico, y el sur sugiere sentirse decaído.


Brian Meier, psicólogo del Colegio Gettysberg, en Estados Unidos, descubrió que las personas inconscientemente procesan palabras positivas como si estuviesen más arriba en el espacio que las negativas.

De modo que él se preguntó si había una conexión entre el norte=bueno y bueno=arriba, y cómo esas asociaciones afectaban los valores que las personas asignaban a diferentes áreas en una mapa.

Para validar esto mostró a unos sujetos un mapa de una hipotética ciudad, y les preguntó dónde les gustaría vivir.

Las personas estuvieron claramente inclinadas a elegir la zona norte de la ciudad.

Y cuando a otro grupo se le preguntó dónde vivirían personas imaginarias de distintos estratos sociales, los sujetos ubicaron a los más ricos en el norte y a los pobres en el sur.


No es difícil concebir que a las personas les importa menos qué ocurre en los países o regiones que están en una zona más "baja" que ellos en el mapa o el globo.

La buena noticia es que en el experimento de Meier la relación entre el "norte" y el "sur" fue eliminada con un simple cambio: voltear el mapa.

Así que quizás el mundo pueda ser un poco más justo si todos comenzamos a poner el mapa al revés de vez en cuando.

Mapas hechos con el sur en el tope se consiguen fácilmente en Internet. Es una tendencia que Mortlock favorece mucho: "como australiano creo que debía hacerse con más frecuencia".

En todo caso es una manera de ver el mundo con ojos frescos y hacerlo inexplorado una vez más.
Con tan pocos descubrimientos por hacer de zonas en la Tierra, a lo que podemos dedicarnos -parafraseando a Marcel Proust- es a mirar el mundo que tenemos.

Pero esta vez, a través de unos ojos distintos.


Clinton "rica", Trump "pobre": los problemas de dinero del magnate que busca la presidencia de EE.UU.




"Estoy financiando mi propia campaña", es una frase que ha repetido numerosas ocasiones el millonario Donald Trump desde que hace un año anunció que competiría para convertirse en el candidato del Partido Republicano de cara a las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos.

"Al autofinanciar mi campaña, no estoy controlado por mis donantes, intereses especiales o lobbies", presumió en septiembre pasado en un comentario que publicó en Facebook y que obtuvo más de 300.000 "me gusta".

Tal como van las cosas, parece que el magnate tendrá que cumplir con su promesa.
La campaña de Trump dispone de una cantidad de fondos alarmantemente bajos para el virtual candidato de uno de los dos principales partidos del país, a juzgar por las cifras del último informe de la Comisión Federal Electoral (CFE).

Según la CFE, la candidatura de Trump apenas disponía de US$1.289.507 a 31 de mayo pasado. Es casi la mitad de los US$2.408.641 que tenía a comienzos de ese mes y equivale al 3% de los US$42.461.785 con los que cuenta la campaña de la virtual aspirante presidencial del Partido Demócrata, Hillary Clinton.

Hay una brecha enorme en la recaudación de fondos entre ambos aspirantes.

Mientras la campaña de Trump ha recibido unos US$63 millones desde el inicio del ciclo electoral 2015-2016, Clinton ha recibido unos US$238 millones.

Una campaña de bajo costo

Durante las elecciones primarias, Trump ha hecho una campaña comparativamente muy económica, en gran medida gracias a sus polémicas propuestas que le han permitido tener una presencia constante en los medios de comunicación sin hacer grandes gastos en publicidad.



Eso le ha permitido convertirse en el virtual candidato republicano pese a contar con un equipo de campaña de unas 70 personas (10% del número de integrantes de la campaña de Clinton).
Sin embargo, las necesidades financieras de una campaña presidencial en Estados Unidos no son ni remotamente comparables a las de unas primarias.
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El propio Trump pareció reconocer esa realidad cuando a comienzos de mayo anunció que necesitaba US$1.500 millones para costear su campaña para las presidenciales de noviembre y que piensa obtenerlos de donaciones.
Para ello, contrató a Steven Mnuchin, quien trabajó durante 17 años para la banca de inversiones Goldman Sachs.
Poco después, Trump alcanzó un acuerdo con el Comité Nacional del Partido Republicano para recaudar fondos de forma conjunta, con miras a facilitar la obtención de recursos para la campaña presidencial y para las postulaciones del resto de aspirantes republicanos a otros cargos que se escogen este año.

Dinero en mano

Recursos disponibles por candidato al 31 de mayo

US$42.461.785 Hillary Clinton
US$1.289507 Donald Trump
Sus objetivos, sin embargo, no parecen estar siendo alcanzados. En mayo, cuando ya era el virtual candidato republicano, el magnate apenas recaudó unos US$3,1 millones y debió hacerse otro préstamo por US$2,2 millones para costear los gastos de la campaña de ese mes por US$6,7 millones.
Por contraste, Clinton sumó unos 19,6 millones que le permitieron cubrir los gastos por US$14 millones y aún le quedaron unos US$5 millones de superávit ese mes.
¿Donación o préstamo?
Pero, ¿por qué este magnate, cuyo equipo dice que posee una fortuna valorada en US$10.000 millones, decidió buscar financiamiento de donantes para su campaña presidencial?


"Es muy sencillo. Las campañas presidenciales en EE.UU. son muy costosas. Pueden costar hasta US$1.000 millones", dijo a BBC Mundo William Galston, analista senior del Brookings Institute, un centro de análisis de políticas públicas con sede en Washington.

"Trump no tiene intención de pagar ese dinero de su propio bolsillo", agregó.

Viveca Novak, directora editorial y de comunicaciones del Centro para Políticas Responsables, una ONG que hace seguimiento al financiamiento de la política en Estados Unidos, considera que la idea de que Trump ha financiado su propia campaña puede ser engañosa.

Su valoración se basa en el hecho de que, hasta ahora, la mayor parte de las aportaciones que el magnate ha hecho han sido préstamos y no donaciones.

Según la Comisión Federal Electoral, de los US$63 millones gastados por la campaña de Trump hasta el 31 de mayo pasado, más de US$45 millones se contabilizan como deudas.

"Al final, él podría perdonar los préstamos y convertirlos en donaciones, pero hasta ahora ha dejado abierta la posibilidad de recuperar el dinero que ha invertido en la campaña".

¿Traición a los votantes?

Al acudir a los grandes donantes Trump abandona el autofinanciamiento que le había servido para ganarse la confianza de muchos votantes, Sin embargo, los analistas no creen que eso le vaya a causar mayores problemas de credibilidad.


"Los votantes saben que las elecciones cuestan mucho dinero y no creo que sufra un reacción negativa", dijo a BBC Mundo el analista político Ron Bonjean, quien ha sido el principal vocero ante la prensa tanto de la Cámara de Representantes como del Senado de Estados Unidos.

"Hasta ahora Trump ha demostrado tener una habilidad para librarse de situaciones que habrían puesto fin a cualquier otra campaña electoral. Dudo que esto vaya a ser un gran problema para él", coincidió Galston.

Una misión cuesta arriba

Trump arranca con desventaja en su objetivo de captar fondos para financiar la campaña.


Durante el período 2011-2012, las candidaturas presidenciales de Barack Obama y del republicano Mitt Romney recaudaron entre ambas unos US$2.000 millones.

"Definitivamente, Trump comienza con ciertas fallas en comparación con la manera usual en la que un candidato recauda fondos para su campaña", señaló Novac.

Consideró que es muy difícil recolectar la cantidad de fondos que Trump requiere sin acudir a los grandes donantes.

"Los lobbies pueden ser muy útiles para cualquier candidato pues les pueden ayudar a recaudar fondos a través de sus redes de contacto", indicó la experta.


Bonjean advirtió que para recaudar US$1.500 millones, el virtual candidato republicano debió haber contado desde hace meses con una red eficiente de captación de fondos.

Los expertos coincidieron en que la falta de sintonía entre Trump y una parte importante de la dirigencia del Partido Republicano que rechaza sus propuestas y su estilo de hacer política dificultará esta búsqueda de financiamiento.

"Muchos republicanos ricos le rechazan. Ese es el principal problema que él tiene: gente que ha financiado de forma muy generosa campañas anteriores no tienen una disposición favorable hacia él. 

Esa será su principal dificultad", alertó Walston.

Entre los grandes donantes que han decidido mantenerse al margen de la campaña de Trump se encuentran los hermanos multimillonarios Charles y David Koch, quienes controlan Industrias Koch, una de las empresas privadas más grandes de Estados Unidos.

Los Koch contribuyeron a canalizar centenares de millones de dólares en la campaña electoral republicana de 2012.


Pero no todo son obstáculos para la campaña de Trump.

En mayo, el Comité para la Soberanía Estadounidense, un nuevo grupo de acción política puesto en marcha por la campaña de Trump para recaudar fondos, anunció que había captado casi US$2 millones y que esperaba reunir unos US$20 millones antes de la Convención Republicana en julio.

Por otra parte, el magnate de los casinos Sheldon Adelson se habría comprometido a gastar más de US$100 millones en apuntalar la campaña de Trump.

Para alcanzar su meta de US$1.500 millones la campaña de Trump necesitará recolectar unos US$10 millones al día durante los próximos seis meses.

Es una misión que luce cuesta arriba incluso para un magnate.

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"El mayor espectáculo sobre la tierra".
Con esas palabras definió la revista The Economist las elecciones presidenciales en Estados Unidos en un editorial publicado en diciembre de 2015.

Once meses más tarde, cuando los votantes están a punto de escoger al sucesor de Barack Obama al frente de la Casa Blanca, muchos pueden tener dudas sobre la calidad o el buen gusto de la función a la que han asistido, pero de lo que no hay duda es de que se trata de la más costosa del mundo.

De acuerdo con estimaciones del Centro para Políticas Responsables (CRP, por sus siglas en inglés), una ONG que hace seguimiento al financiamiento de la política en Estados Unidos, la actual campaña presidencial estadounidense costará unos US$2.651 millones.

El cálculo se basa en la información recopilada por la Comisión Federal Electoral y equivale a un gasto promedio de US$11,67 por cada uno de los 227 millonesde estadounidenses que, según la Oficina del Censo, tienen edad de votar.

La proyección es ligeramente superior a los US$2.621 millones que costó la carrera presidencial de 2012, en la que el presidente Barack Obama logró la reelección ante el candidato republicano Mitt Romney.

De acuerdo con las cifras del CRP, la campaña de la candidata presidencial demócrata, Hillary Clinton, había recibido hasta el 31 de octubre unos US$687 millones, lo que la ubica unos 34 millones por detrás de los US$721 millones recaudados en 2012 por Obama.


En el caso del aspirante presidencial republicano, Donald Trump, su campaña ha recaudado unos US$307 millones, casi US$150 millones menos que los conseguidos en 2012 por el equipo de Romney.

Sin embargo, los montos recolectados por los equipos de campaña de cada candidato muestran solo una vista parcial del costo real de la carrera para llegar a la Casa Blanca.

Hay una parte sustancial de recursos que entran en juego a través de los llamados Comités de Acción Política (PAC), que son organizaciones creadas para recolectar fondos que luego son usados para hacer campaña a favor o en contra de algún candidato o iniciativa.

Más importantes aún son los llamados SuperPACs, surgidos a partir de una decisión de la Corte Suprema de Justicia del año 2010. Se diferencian de los PACs en que deben ser "independientes" y no pueden donar sus fondos a una campaña o a un partido en concreto, pero a cambio no tienen límite en la cantidad de fondos que pueden recaudar y utilizar para influenciar en el resultado electoral.

La sentencia de la Corte Suprema estableció que empresas y sindicatos pueden invertir en la campaña sus propios recursos de forma directa y a través de otras organizaciones, siempre y cuando el gasto se haga sin coordinarlo con ninguna campaña o candidato.

Gran parte de estos recursos terminan siendo gastados en anuncios de televisión que atacan o defienden un candidato o una causa, pero sin que muchas veces los ciudadanos sepan de donde proceden los fondos.


De acuerdo con el CPR, en la actual carrera presidencial hay 2.368 SuperPACs registrados ante la Comisión Federal Electoral (FEC, por sus siglas en inglés). Hasta el 2 de noviembre, estos grupos han gastado al menos US$980 millones en el actual ciclo electoral. Esta cifra puede ser mayor dado que hay algunos tipos de anuncios que no tienen que ser notificados a la CFE.

La estimación general de los costos de las elecciones estadounidenses se dispara cuando se incluyen los gastos relacionados con las campañas para la escogencia de miembros de la Cámara de Representantes y del Senado.

La carrera por llegar al Capitolio costará unos US$4.267 millones, por lo que entonces el gasto total del actual proceso electoral se elevaría hasta US$6.918 millones, según el CPR. Esto significaría unos US$30 por cada potencial votante.

Pero, ¿cómo se compara el costo de la carrera presidencial estadounidense con las de otros países?

Otras campañas costosas

La carrera por la presidencia de México en 2012, en la que resultó electo el actual mandatario Enrique Peña Nieto, costó en torno a unos US$1.923 millones, de acuerdo con estimaciones de México Evalúa, un centro de análisis que se dedica al estudio de las políticas públicas.

El grueso de ese monto estaría conformado por el financiamiento público indirecto otorgado por el Estado a los partidos políticos a través del acceso a espacios de radio y televisión valorados en unos US$1.578 millones.


Así, durante esa campaña, el costo por cada votante potencial en México se ubicó en US$25.
El proceso electoral que permitió a Dilma Rousseff reelegirse en 2014 como presidenta de Brasil costó casi lo mismo que la campaña mexicana: US$1.920 millones, de acuerdo con estimaciones del diario Folha de Sao Paulo hechas a partir de la declaración final de cuentas de las campañas al Tribunal Superior Electoral.

Por contar con un número mayor de ciudadanos en edad de votar, el costo por cada elector potencial en Brasil resulta menor que en México y más próximo al de Estados Unidos: US$12,73.

Elecciones de bajo coste

El sistema político de Francia destaca en Europa por ser fuertemente presidencialista, lo que le acerca a Estados Unidos y le diferencia de muchos países de su entorno en los que el peso real del poder Ejecutivo recae sobre primeros ministros escogidos por el Parlamento.

Sin embargo, el gasto en las campañas electorales galas es muy inferior al de las estadounidenses.
Los comicios de 2012, en los que llegó al Palacio del Elíseo el actual presidente François Hollande apenas costaron unos US$97 millones de dólares, lo que equivale a US$1,88 por cada potencial votante.

Más allá de la evidente diferencia en el tamaño de la población en edad de votar (52 millones en Francia y 227 millones en Estados Unidos), la causa del bajo coste de las campañas francesas reside en la normativa legal que impone estrictos límites al gasto.


El costo máximo de una campaña presidencial está fijado en unos US$22 millones por candidato y sólo puede ampliarse hasta un máximo de unos US$30 millones para aquellos que pasen a la segunda vuelta.

De igual modo, ningún ciudadano puede contribuir con más de US$10.000 al año a un partido y US$6.000 a un candidato, mientras que las empresas tienen totalmente prohibido hacer aportaciones para las campañas.

Las limitaciones legales son también el secreto del bajo coste de los comicios en Rusia.

Allí, el costo de la última campaña presidencial en la que resultó vencedor Vladimir Putin se ubicó en unos US$49 millones de dólares (unos 1.552 millones de rublos), según datos de la Comisión Electoral Central.

¿El secreto? La fijación de un límite máximo de gasto de 400 millones de rublos (unos US$12,8 millones) por cada candidato, quienes además sólo pueden usar sus propios recursos y recibir contribuciones de sus propios partidos, así como donaciones voluntarias de individuos y entes legales.

Con poco más de 113 millones de personas en edad de votar, el costo por cada potencial elector en Rusia se ubicó en US$0,44.



Ahora bien si los US$2.651 millones gastados en la campaña presidencial que concluye este 8 de noviembre parecen mucho dinero, comparados con los gastos de campaña en Francia y Rusia, a los estadounidenses les queda un consuelo: pensar en los US$8.400 millones que acaban de gastarse esta semana en dulces y disfraces para celebrar la fiesta de Halloween.

Visto así, la elección presidencial parece un gran espectáculo con un precio muy razonable.

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