jueves, 22 de septiembre de 2016

La dura prueba para entrar a la universidad en China



Con sus más de 1.350 millones de habitantes, China es un país donde, inevitablemente, todo se hace a lo grande. La llegada del verano implica el fin del curso escolar, y con él, el durísimo examen de acceso a la universidad, conocido allí con el nombre de "gaokao", literalmente "batalla del porvenir": los alumnos se juegan en dos días su posibilidad de tener un hueco en la educación superior.

La principal diferencia entre esa prueba y los procesos de selectividad en otros países es el número de participantes: casi 10 millones de estudiantes. Tan inmensa cantidad de candidatos implica que la exigencia sea muy alta; mientras algunos se encomiendan a todas las divinidades del cielo, otros optan por intentar la trampa con ayudas tecnológicas que no siempre pasan desapercibidas.

El volumen de material que hay que estudiar es enorme. A algunos les cuesta aguantar el ritmo.

Una de las pruebas más valoradas, y por tanto más exigentes, es la de dibujo. Un grupo numeroso de alumnos esboza sus bocetos.

Los estudiantes se esfuerzan duramente por mantener la concentración en un examen que puede cambiar sus vidas. 

Es tal la cantidad de estudiantes que se presentan que muchas veces no hay pupitres para todos y se tienen que acomodar como pueden. 

El gaokao es tan importante y competitivo que, en fechas previas, los institutos convocan actividades específicas para desahogar la tensión y subir su moral. Una costumbre es que los profesores entreguen a los alumnos billetes de cinco yuanes (unos 70 céntimos de euro), que se considera que traen buena suerte. 

Las sesiones previas de motivación son auténticas dinámicas de grupo en las que los jóvenes liberan su ansiedad al ritmo de canciones y gritos. 

Los profesores se implican mucho en el examen de sus alumnos. No dudan en empapelar el instituto con carteles y en ondear banderas con mensajes de ánimo. 

Algunas de estas demostraciones de apoyo a los alumnos acaban convirtiéndose en auténticas manifestaciones callejeras. 

En previsión de incidentes, el gobierno monta férreos controles policiales que sólo permiten la entrada a los estudiantes que se van a examinar y al personal que se encargará de la gestión de la prueba.

Algunos candidatos intentan jugar sucio. Un oficial de policía muestra unas gafas que incorporan una cámara oculta y un receptor pegado a una moneda, confiscados a uno de los alumnos. 

La sanción de tres años sin poder volver a presentarse a los que se pesque copiando no asusta a muchos jóvenes, que han desarrollado métodos muy imaginativos. Las autoridades requisan aparatos como un bolígrafo con cámara incorporada, o un transmisor camuflado en forma de goma de borrar.

Los dispositivos para el chivatazo casi parecen sacados de películas de espías. Las autoridades encontraron este sistema, compuesto por dos baterías, un teléfono móvil y un receptor, integrado en la ropa de una alumna. 

Tal es la sofisticación que se ha llegado al punto de que los examinadores deben registrar a los alumnos con un detector de metales antes de que entren a las aulas. 

En el exterior, los padres pasan casi más nervios que los propios adolescentes que se examinan. Un grupo de familiares espera tras un cordón de seguridad a que finalice la prueba. 

A la finalización de los exámenes se producen auténticas estampidas de estudiantes que salen de los institutos donde se han desarrollado las pruebas. 

Al acabar el gaokao, algunos estudiantes salen con cara de alegría, y otros con decepción, en función de cómo les haya salido. Lo que todos comparten es una gran sensación de alivio por haberse quitado tan tremendo peso de encima.

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